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jueves, febrero 01, 2007

CUENTOS DE LA GUADAÑA

1

-¡Joder!, las cuatro de la madrugada y ni un puto taxi por aquí - condenaba Eddy Tiggs mientras se entretenía haciendo danzar un cigarrillo entre las yemas de los dedos.
La calle estaba desierta, callada, hasta el viento parecía chillar. Al otro lado de la calle un vagabundo intentaba arroparse con dos pares de periódicos viejos haciendo de un portal su pequeño hogar. Por un momento a Eddy le pareció que aquel hombre le estaba mirando, sí, aquella persona le miraba, pero sus ojos, sus ojos no eran normales, irradiaban un brillo inusual, y la expresión de su cara, ¿qué intentaba decirle?, le estaba poniendo nervioso. Eddy pocas veces se encontraba en ese estado, era un hombre frío, calculador. A primera vista casi parecía desagradable, su rostro era afilado y sus ojos parecían haberse cristalizado, creando una forma geométrica fina y alargada. Era alto y extremadamente delgado, y al caminar daba la sensación de encorbarse hacia delante.
Eddy se había quedado clavado. Aquella mirada lo había dejado como un trozo de hielo de un metro ochenta y cinco centímetros de altura. Su mente se había quedado en blanco. Por un momento recobró el conocimiento y empezaron a brotar en su cabeza imágenes que su oscuro cerebro había creado, que su imaginación había enlazado durante años en miles de folios. Sus ojos pestañearon y volvieron a centrarse en...¿en qué?, el vagabundo había desaparecido y no había dejado rastro alguno. Solo un montón de periódicos viejos revoloteaban sin ton ni son en aquel sucio portal.
«¡Dios santo!, escribo demasiado. Belcebú, no juegues conmigo» - pensó. Una sonrisa se dibujó en su rostro. De pronto, mientras apuraba el cigarrillo consumido hasta el filtro.
- ¿Le llevo a algún sitio?
¿Cómo?
Un vehículo había aparecido allí como por arte de magia. El taxi que tanto anhelaba
Que si le llevo a algún sitio amigo - insistió el taxista. La visera de una gorra ensombrecía su rostro.
- Si gracias, perdone, es que..., nada, olvídelo
- Pues suba joder, que no son horas, cualquiera le puede dar un susto.
Eddy posó sus manos en el techo y volvió a mirar hacia el portal. Había algo que no podía explicar, quizás era una simple sensación de inseguridad y de incredulidad al mismo tiempo.
«No sé, no sé...a la mierda» - pensaba mientras tomaba asiento en la parte trasera del vehículo.
- Buenas noches, fumaré si no le importa.
- No no, adelante. ¿Le importaría a usted darme uno? - preguntó el taxista.
- Claro hombre, no faltaba más - contestó Eddy mientras hurgaba en el bolsillo derecho de su larga gabardina negra. - Ahí tiene - acercándole la cajetilla de tabaco.
- Gracias.
El vehículo se puso en movimiento, parecía flotar sobre el asfalto. Un pasajero no distinguiría que se está moviendo si no fuera por el cambio del paisaje a través de las ventanillas.
- Hacía siglos que no fumaba uno de estos - comentó el taxista.
- ¿Lo había dejado?
- Es una larga historia, ¿a dónde le llevo?
- Salga de la ciudad y después ya le indicaré
- ¿Siempre dejas lo mejor para el final, Eddy?
¿Cómo dice?, ¿le conozco?
Me conocerás, yo en cambio a ti te conozco muy bien
- ¿De qué coño está hablando?
Usted es Eddy Tiggs, el escritor de terror ¿verdad?


Continuará...

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