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lunes, marzo 12, 2007


CUENTOS DE LA GUADAÑA


OSCURIDAD

2

Quién era el responsable de aquello, cómo había llegado hasta aquí, quién le habría sacado de su cama y de su casa. Puede que alguien le hubiera suministrado algún tipo de fármaco o de droga, pero quién. Su casa era muy segura. Una casa tan espléndida necesitaba cierta protección. Estaba situada a las afueras de la ciudad. Lejos del mundanal bullicio, dentro de una urbanización de clase alta y aunque allí los robos en hogares no eran muy frecuentes, las gentes del lugar alardeaban de lo seguras que eran sus mansiones y de lo conveniente que era que fuesen así.
Aquella noche sus perros no habían ladrado, dos feroces dobermans especialmente adiestrados y en cualquier caso, si alguien hubiera superado ese obstáculo tendría que haberse enfrentado con la alarma conectada a todas las puertas y ventanas. De modo que esto era inexplicable.
Una gota de sudor le recorrió la frente, no estaba soñando, no, era completamente consciente de la situación en la que se encontraba. Su frente estaba empapada de sudor. Para un doctor en medicina, un hombre culto guiado siempre por pensamientos lógicos, esto era imposible de entender.
De pronto se dio cuenta de un detalle, se estaba acabando el oxígeno de la reducida caja. Un hombre normal puede resistir alrededor de tres o cuatro minutos a partir del momento en que sus pulmones dejan de ser abastecidos por ese bendito soplo de vida que es el oxígeno, siendo optimistas, que sumados al tiempo que tardaría en acabarse el que todavía quedaba, no era un resultado muy abultado. La muerte estaba cercana. Luis podía escuchar sus pasos ahí fuera. Los pasos del que nunca avisa, del que siempre viene. Esos pensamientos hicieron que todo su cuerpo temblara y un escalofrío recorrió sus piernas que ya casi ni sentía.
- Oh, dios mío, dios, no por favor - susurraba, para luego gritar con fuerza
- ¡Socorro!. ¡Ayúdenme!. ¡Estoy vivo!.
Continuó pidiendo auxilio, era una opción pensó. Eso o resignarse a esperar a la muerte cuyos pasos escuchaba cada vez con más claridad. Pero a la vez, el solo esfuerzo de gritar y de esforzarse por buscar una salida a aquella pesadilla suponía un decremento en su tiempo de vida. El consumo de oxígeno estaba siendo exagerado y pronto empezaría a marearse, a no pensar con claridad. La única vía para seguir con vida era la que le llevaba con más rapidez a la muerte.
Empezaba a respirar con dificultad. Cada demanda de auxilio estaba flanqueada por un período cada vez más largo de silencio. Nunca imaginó que el sólo hecho de articular una palabra fuese a resultar un trabajo tan costoso, dónde el tiempo se detenía torturándole y haciéndole más larga su agonía, haciendo más larga su vida, que por un instante deseó que se escabullera en un último alarido, esta vez de rabia, de impotencia, de miedo.

Un grito atravesó la tierra mojada llegando a sus oídos. El alarido de un alma a la que pronto iría a buscar. Le enseñaría el camino. Seria su guía hasta la puerta. Él sabía cuando una de sus almas debía volver al redil y nunca faltaba a su cita.
El alarido de un alma es muy diferente a un simple grito de terror. El alarido de un alma es un nacimiento, un grito de libertad, volver a ver la luz.
Él sabía muy bien todo eso y mucho más. Nunca lo había aprendido. Nunca se lo habían enseñado. Solo era conocimiento.
- Deberás enfrentarte a tu espejo. Todo tiene una cara y una cruz, un anverso y un reverso.

No podía respirar. Una lágrima brotó de sus ojos. Sus pulsaciones habían bajado. Empezaba a marearse. Súbitamente un escalofrío recorrió su cuerpo, seguido de una sensación de calor que se acercaba lentamente a su cabeza dejando un camino helado a su paso.
Ya no sentía nada. Solo como se abrasaba su cabeza.
De pronto, una luz brillante, muy brillante. Delante de él, encima de él se alejaba, se alejaba de sus ojos, nacía en sus ojos. Estaba creciendo, tomando forma, su forma. Era él. Él invadido por una luz brillante y abrasadora.
- ¿Hay algo que quieras decirme? - le preguntó la luz. Su propio rostro.
Su tono de voz era apacible, alentador.
No podía hablar. No podía moverse, ni un solo músculo respondía a su cerebro. Solo su mente seguía viva. El terror se adueñó de todas las partes de su ser. El momento estaba llegando. El umbral de la muerte. Se ahogaba.
¿Quién era aquel ser que le interrogaba?. Aquella luz con vida propia que dibujaba su rostro. Aquella luz que había nacido de él.
- ¿No recuerdas? - volvió a inquirir.
- No...¿qué debería recordar? - pensó Luís. Aquella voz resonaba en su cabeza como si fuera él quien estaba hablando, pero su tono era distinto. Era dulce, melodioso.
- ¿No recuerdas su sufrimiento?. ¿No recuerdas su dolor?. ¿No recuerdas tu avaricia?.
Luis sabía exactamente de qué estaba hablando. Era consciente del motivo que alimentaba a aquellas preguntas - le...les ahorraba ese sufrimiento. Ya habían vivido suficiente. Ponía remedio a un problema.
- ¡Los enterrabas vivos! - replicó la voz. Melódica pero desafiante.
- No, no es cierto. El afecto cuando se convierte en una responsabilidad se pierde. Muchos estaban mejor allí que en sus casas.
- ¿Acercándolos a la muerte? - volvió a interrogar la luz. Su luz.
- Sólo les allanaba el camino.
- ¿Quién te pidió tal favor?
- Muchos preferían morir.
- Después de experimentar con ellos. Después de suministrarles todo tipo de fármacos, que en vez de sanar, les acercaba lentamente a la muerte. Después de convertir aquellas lujosas habitaciones en ataúdes gigantes de los cuales eran conscientes de que ya no saldrían jamás. Para que siguieran pagando sus facturas.
- Solo eran viejos. Estaba haciendo un favor a esas familias. Les libraba de una carga y el dinero no era problema para ellos. Pensó Luís. Eximiéndose de culpa.
- El alma tiene un ciclo. No eres quien para interrumpirlo. Ya no ven la luz. Deben volver a encontrar el camino.
- ¿De qué me estás hablando?, ¿quién eres?. He enloquecido. Estoy muerto. Esto es la muerte. Pensó Luís.
- No sabes nada.
- ¿Qué eres?
- Soy tú. Mírame. Debes pagar un precio. El alma debe ser purificada. Deberías arrepentirte.
- ¿Arrepentirme?. Nunca en vida me he arrepentido de nada y no lo haré ahora que voy a morir. De que me serviría. Dices que el alma tiene un ciclo. Pues han interrumpido el mio. ¿Qué está pasando?, ¿podrías explicármelo? - se lamentó Luis, resignándose al futuro escrito en la madera de aquella caja que le había regalado el destino.
- El que nunca avisa vino a buscarte.
- ¿Quién?.
- Lo sabrás.
- ¿Él hizo esto no es cierto?, ¿quién, quién es?, ¿Por qué, ...por qué vino a buscarme?.
- Para saldar una deuda.
- ¿Qué...qué deuda. Yo no le debo nada a nadie.
- Tú sólo eres la moneda de cambio.

Fue la última frase que resonó melódicamente en su cabeza. Su flujo sanguíneo era inapreciable. Pronto aquel motor que da la vida dejaría de trabajar. Sus ojos se estaban nublando. No podía pensar en nada.
Quiso observar por última vez aquella luz, aquel rostro, su propio rostro.
Sus miradas se cruzaron, y Luis pudo apreciar como aquellos ojos luminosos estaban bañados en lagrimas. Rayos de vida, iluminaban la muerte.
De pronto aquella luz comenzó a apagarse. Se tornó débil, a medida que su color, entonces anaranjado, se volvía gris. Estaba perdiendo luminosidad. La oscuridad se adueñaba de todo. La oscuridad. Oscuridad.



continuará...


1 comentario:

Albert dijo...

Felicitats, t'estàs superant ;-)