descripcion

miércoles, marzo 14, 2007

CUENTOS DE LA GUADAÑA

OSCURIDAD


3


Abrió los ojos. Un universo rojo se esparcía en la inmensidad de aquel paisaje. Una planicie descomunal, ningún relieve la adornaba. Era imposible poder calcular a simple vista sus dimensiones. El horizonte rojo se extendía donde la vista perdía su alcance para cortar un cielo negro, vacío. Tampoco nada lo decoraba. Dos grandes inmensidades, una negra y otra roja, que no se atrevían a mezclarse.
Estaba moviéndose. Caminaba por aquel paraje desolador sin voluntad de hacerlo. No era él quien ordenaba a sus pies que se movieran, es más, no sentía que lo hicieran.
De pronto Luis se dio cuenta de que no sentía ninguna parte de su cuerpo. Sin embargo sus ojos no mentían, avanzaba por aquella masa roja, inerte, sin sentir nada. Nada alimentaba sus sentidos. En ese mismo momento Luis recordó su muerte. Un profundo dolor le invadió. Empezaba a comprender.
De súbito su vista se enfocó hacia el suelo. Podía ver de cerca aquella superficie. Estaba formada por una especie de copos de nieve de un color rojo muy intenso. El pie de un hombre estaba posado sobre ellos. Luis se fijo en él. Estaba descalzo. Sus uñas eran negras, del mismo color que el cielo y sus tobillos estaban decorados con unos brazaletes que formaban círculos concéntricos de color rojo oscuro. Eran como tatuajes, pero dotados de relieve. Emergían de debajo de la piel. Era sangre coagulada. Heridas formadas desde dentro hacia afuera.
Una mano invadió su ángulo de visión. Sus uñas también eran negras y tenía los mismos brazaletes en las muñecas.
Entonces comprendió. Estaba mirando a través de los ojos de aquel ser. No era consciente de donde se encontraba. No sabía donde estaba. Sólo tenía conciencia de que podía ver a través de aquellos ojos, y era dependiente de la imagen que aquellos ofrecían. No podía obrar a voluntad. Aquellas imágenes eran una visión obligada para él. Formaba parte de aquel ser. No sabía si aquel era consciente de su existencia.
Además, la única prueba que tenía de su propia existencia era su intelecto. Recordó a Descartes, pienso luego existo.
Una inteligencia que flotaba dentro de un cuerpo ajeno a ella, del cual no podría salir por voluntad propia. Se preguntaba si el dueño de aquellas extremidades sabía de su existencia, o si quizá, fuese el responsable de todo aquello.
El que nunca avisa, recordó, sí, el que nunca avisa le había venido a buscar...
Aquella mano cogió un puñado de aquella masa rojiza, de aquel conjunto de copos encarnados. Los sujetaba con la palma abierta. Los observaba.
-¿Sabes qué es esto?.
Luis no sabía si aquella pregunta iba dirigida a él. No sabía si aquel ser tenía compañía. - ¿Luis, sabes qué es esto?.
Le estaba hablando. El terror se apoderó de él.
- No - contestó Luis tímidamente.
- Te lo enseñaré.
Acto seguido aquella mano se cerró con fuerza. Formaba un puño salpicado con infinidad de venas que se apilaban buscando un sitio bajo aquella piel reseca de un color negruzco. Un reguero de líquido rojo empezó a fluir de entre aquellos dedos largos y esqueléticos.
- Es la sangre que alimenta las almas - afirmó aquella voz grave, profunda - las almas que han perdido la luz. Que deben encontrar el camino - apuntó.
Sin esperar comentario alguno, el que nunca avisa se irguió para proseguir su camino.
Ya no ven la luz. Deben volver a encontrar el camino. Pensó Luis. ¿Serían aquellas almas a las que se refería?. ¿Serian las almas de aquellos viejos de los que sin la más mínima de las contemplaciones, él se había aprovechado?. ¿De aquellas personas a las que había utilizado como conejillos de indias para hacer más grandes sus bolsillos?.
Sí, sabía que sí. Un profundo miedo congeló su mente.
De pronto aquellos ojos divisaron una cruz a lo lejos.
- Casi hemos llegado - dijo la voz de su guía, de su guardián, de su carcelero.
Contrastaba exageradamente con el paisaje de mármol blanco, sobre un fondo negro. Se hubiera apreciado a kilómetros de distancia. De hecho no podría llegar a asegurar la longitud de la línea recta que les separaba de aquel punto. Sólo sabía que se dirigían decididamente hacia él.
De pronto la distancia se disipó. Se encontraban frente a ella. Una cruz de mármol blanco que se erigía desafiante frente a aquellos ojos. Era como si las reglas del espacio y del tiempo no rigiesen en aquel endemoniado lugar.
El guardián miró detenidamente la cruz, para luego bajar su cabeza lentamente. Sus ojos se posaron en una lápida inmensa, rectangular, también de mármol blanco, postrada a la cruz, adornada con relieves en sus lados. En su superficie tallado se podía leer:

D. LUIS CANOVAS OLLER
(U1963 - 2007)

Una punzada de terror atravesó su espíritu. De repente, aquellas manos huesudas agarraron la lápida por cada uno de sus costados. La lápida empezó a ceder.
- ¡Dios, no, no me hagas esto!. ¡No quiero verlo!. ¡Por favor! - gritaba Luis.
Pero aquellas manos hacían caso omiso de sus ruegos. Con una fuerza sobrehumana retiró aquella lápida hacia un lado, dejando al descubierto la fosa. Aquella visión le horrorizó. Su espíritu se sumergió en un terror inimaginable. Comían. Aquellos seres bañados en sangre mordisqueaban su cuerpo. Desnudos, aullando de placer, hambrientos, tiñendo toda la tierra de rojo. De pronto uno de aquellos seres atravesó con sus propias manos el pecho de aquel cuerpo, su cuerpo, y de él extrajo el corazón, su corazón. Luego lo alzó en señal de júbilo y le miró. Sus ojos no miraban a su carcelero. Aquellos ojos le miraban a él. Luis se horrorizó. Los conocía. Conocía aquellos ojos. Los conocía porque él los había cerrado.

¡Riiiiiiiiiiiiin!. Un sonido estrepitoso resonó en la habitación. La luz del alba se filtraba por el gran ventanal iluminando la estancia mientras el despertador recordaba a gritos que eran las siete de la mañana. Instantáneamente sus párpados dejaron que la luz se adueñara de sus pupilas. ¡Riiiiiiiiiiiiin!. Un sudor frío recorría su frente. Las sábanas se habían pegado a todo su cuerpo como si quisieran que no despertase de aquella infernal pesadilla.
¡Riiiiiiiiiiiiin!. El despertador seguía sonando, el ruido era cada vez más ensordecedor. Debía pararlo. De pronto el miedo se volvió a apoderar de Luis. ¡Riiiiiiiiiiiiin!. No podía apagar el despertador. Sus brazos no le respondían. Intentó mirar hacia un lado, girar el cuello. Tampoco pudo. ¡Riiiiiiiiiiiiin! Su cuerpo se había quedado paralizado. El terror lo abrazó por completo pero en su cara no se dibujó ni un solo gesto. ¡Riiiiiiiiiiiiin!. Intentó gritar pero de su boca no le hizo caso. ¡Riiiiiiiiiiiiin!. El despertador siguió sonando.



FIN

1 comentario:

Albert dijo...

Felicitats ! M'ha molat molt. Ja estic esperant més entregues dels contes de la dalla.